miércoles, 18 de marzo de 2009

Entre la innovación, el cambio y el ensayo-error

Antes de empezar a escribir, siempre padezco el síndrome de la hoja en blanco. Pasan más de cinco minuto antes de que mis dedos rocen las teclas. Escribo dos líneas, las leo y las borro. Vuelta a empezar. Algo así, me sucede con el término innovación.
Mis concepciones sobre dicho término, cambian a cada momento. Aunque cada vez adquiere un perfil en mi mente un poco más definido, pero no mucho, porque al momento se me ocurren pequeños matices que amplian, el ya amplio de por sí, concepto de innovación.
Para empezar, me quedo con la frase de las compañeras para centrarme: "no todo cambio supone una innovación, pero toda innovación supone un cambio". Cambio es una palabra, en mi opinión, un poco complicada. Un cambio puede ser para mejor, pero también puede ser a peor y existe también la posibilidad de que para que nada cambie algo debe cambiar. ¿Y dónde metemos la innovación entre tanto cambio?
La innovación nace de la necesidad (sí, normalmente suele ser la necesidad de un cambio). Nace de las dificultades a las que nos enfretamos y que nos obligan a plantearnos una nueva forma de hacer. Sin embargo, la innovación no es producto, simplemente, de una gran idea, de romper con lo anterior, de olvidarse de que lo existía con anterioridad. Sin tradición no existe innovación. La primera es el cimiento en el que debe apoyarse la segunda. Debemos recordar de donde partimos, para saber a donde queremos llegar.
En definitiva, si tuviera que definir este complejo concepto diría que la innovación es la capacidad de observar un problema o necesidad y encontrar una solución. Una solución participativa, democrática y efectiva que produza un cambio, o bien que cambie algo para que todo siga igual. No obstante, debe tenerse en cuenta que la innovación no es una ecuación matemática que está bien o está mal. La innovación se nutre, como la ciencia misma, en una práctica de ensayo-error. Como ante el síndrome de la página en blanco. Ensayo-error.